En el escenario educativo pospandemia, la escuela peruana se ha volcado a atender la diversidad. Hemos vivido una explosión de diagnósticos que nos ha permitido mirar de cerca las dificultades de aprendizaje y la discapacidad. Sin embargo, en este esfuerzo por «no dejar a nadie atrás», parece que hemos olvidado mirar hacia el otro extremo del aula. Esto me lleva a una reflexión urgente: ¿Dónde están nuestros estudiantes con altas capacidades? ¿Y por qué el sistema parece haberlos invisibilizado?
El fin supremo de la educación en nuestro país, respaldado por la Constitución Política (Art. 13) y la Ley General de Educación N.º 28044 (Art. 9), es el desarrollo integral de la persona. No es una sugerencia; es un mandato. Bajo este marco, las instituciones tienen el deber de atender las necesidades educativas de todos.
Los estudiantes con altas capacidades presentan requerimientos específicos, tanto en lo cognitivo como en lo emocional. Al ignorarlos, no solo desperdiciamos potencial, sino que vulneramos sus derechos fundamentales. No atenderlos es una forma de exclusión.
Es imperioso iniciar una revolución de mentalidad. El primer paso es derribar ese mito tan arraigado y dañino: la idea de que el estudiante con alta capacidad «ya nació así» y podrá solo. Nada más alejado de la realidad. Como bien señala el experto Javier Tourón: “El talento que no se cultiva, se pierde”.
Sin una intervención pertinente y un acompañamiento que entienda las aptitudes específicas, la doble excepcionalidad o las brechas de género, estos niños y jóvenes corren el riesgo de frustrarse, mimetizarse con el promedio o, en el peor de los casos, abandonar el sistema.
Gobiernos como Estados Unidos, Singapur, Alemania o Qatar no invierten en sus estudiantes más capaces por una cuestión de estatus; lo hacen porque comprenden que es una inversión estratégica. Ellos serán los científicos, filósofos, artistas y líderes que impulsen el progreso. Si queremos mirar el futuro con verdadera esperanza, debemos empezar a ver la atención al talento como el motor de desarrollo que el Perú necesita.
Estamos en el momento preciso. No basta con incluir el término en los documentos pedagógicos; necesitamos sensibilización real, formación docente, programas de identificación e intervención eficaces.
Trabajar por los estudiantes más capaces no es crear una élite, es sembrar la semilla de un cambio social profundo. Empecemos hoy a cultivar ese talento que habita en nuestras aulas y que solo espera una oportunidad para florecer.
