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La inteligencia, sin esfuerzo, no sirve para nada

La experiencia docente muestra, año tras año, casos de estudiantes con un gran potencial que se estancan. En ello inciden distintos factores —familiares, escolares, económicos y emocionales—, pero el resultado es el mismo: un proyecto de vida que se trunca y un talento que no llega a desarrollarse.

Una de las creencias que más obstaculiza el desarrollo del talento es suponer que la inteligencia basta por sí sola. La evidencia indica lo contrario, y comprenderlo es el punto de partida para acompañar con criterio a niños y jóvenes con altas capacidades. De ahí la necesidad de que padres y docentes nos formemos en este campo: sin ese conocimiento, se repiten los mismos errores y el desarrollo del talento queda librado al azar.

Steven Pfeiffer, en Identificación y evaluación del alumnado con altas capacidades, propone abordar la alta capacidad desde tres modelos: el de la alta inteligencia, el del alto rendimiento académico y el del alto potencial. Aunque difieren en su enfoque, los tres incluyen la inteligencia como elemento constitutivo, y en ninguno de ellos resulta suficiente por sí sola. Esta idea sintetiza el planteamiento del Dr. Javier Berché: «La inteligencia, sin esfuerzo, no sirve para nada».

Si la inteligencia no es suficiente, ¿qué otros factores intervienen? La dimensión emocional resulta determinante: la motivación, la perseverancia, la mentalidad de crecimiento y la resiliencia sostienen el esfuerzo del estudiante a lo largo del tiempo. El modelo de desarrollo del talento de Subotnik, Olszewski-Kubilius y Worrell (2011, citado en Tourón, 2024) describe este proceso como un tránsito de la capacidad a las competencias, de estas a la pericia y, finalmente, a la eminencia. Se trata de un recorrido extenso que requiere un esfuerzo sostenido; sin él, el estudiante no llega a adquirir las herramientas necesarias para concretar sus metas.

En el deporte, el arte y las distintas disciplinas profesionales, quienes alcanzan la eminencia lo hacen mediante un trabajo constante, apoyado en la disciplina, la concentración y la motivación. Un puntaje alto en un test de inteligencia no garantiza el éxito vital: un CI elevado favorece el desarrollo, pero no lo asegura.

El talento florece cuando se cultiva con esfuerzo, constancia y confianza. A padres y docentes nos corresponde sostener ese proceso: formarnos, creer en el potencial de cada estudiante, desafiarlo a superarse y ofrecerle espacios donde sus fortalezas puedan manifestarse.

A cada niño y joven con capacidades sobresalientes conviene transmitirle un mensaje claro: la inteligencia es un punto de partida extraordinario, pero es el esfuerzo el que lo llevará lejos. Si los adultos que lo rodean acompañan ese camino, el talento dejará de ser una promesa para convertirse en un proyecto de vida realizado.

Fuentes

Pfeiffer, S. (2017). Identificación y evaluación del alumnado con altas capacidades. UNIR.

Tourón, J. (2024). Navegando hacia el talento: porque el talento que no se cultiva, se pierde.

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